Para reflexionar

Te sientes acongojado…

Has caído y no quieres levantarte. El mundo se ha venido contra ti, y no da tregua. Las puertas todas, que vislumbraban, seguridad y felicidad, se han bloqueado. Ya nada tiene sentido. Pareciera que este es el final. Pronuncia tu último suspiro, pues mejor es rendirte, ya no insistir, en última instancia aceptar tu desgracia eterna… De pronto, surge un pensamiento que se hace palabra. Es una luz de esperanza para tu ya casi fatal final. Empiezas a creer de nuevo, pues caes en cuenta que cuando lo llames, responderá, que al pronunciar su dignidad llegará hasta ti y te levantará. No tendrás que preocuparte más, pues él será solución a tus problemas y sosiego en tus dificultades. Tus miedos se acallan y se van alejando de a poco, puesto que sienten venir una presencia mayor. Entonces, dices: “Si estos es con el mero pensamiento de su presencia, cómo será al pronunciar ya su nombre”, y lo dices, clamas: ¡Señor! Señor mío, salvador de mi alma, ¿dónde estás? No me dejes sólo. Ven a mí. Y ahí.. ahí tu Señor. Lo puedes contemplar, está aquí. Todo lo has ganado.

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