Crisis interpretativa de la música litúrgica

Crisis interpretativa de la música litúrgica

La liturgia ha sido para la Iglesia de gran importancia ya que por ella los creyentes se acercan a Dios y a su misterio. Esta importancia se ha mantenido a través de la historia de la Iglesia pero a la vez se ha ido transformando. La forma de celebración de la misa, por ejemplo, antes del Concilio Vaticano II, se celebraba de espaldas al pueblo, era celebrada en latín y la mayoría de los fieles no comprendían estas palabras ya que no estaba en su lengua original, lengua vernácula. Pero después del Concilio Vaticano II se decidió celebrar la misa de cara a los fieles, en lengua vernácula, y además expresó su gran interés por la participación del pueblo en esta celebración. Esto ha permitido que todos los fieles católicos laicos participen de manera más activa, participan en los cantos, en los responsorios e incluso con ministerios dentro de la celebración, tanto hombres como mujeres. La música litúrgica es uno de esos puntos importantes que trató este concilio, donde a pesar de que se le guardó un gran lugar al canto gregoriano y los coros polifónicos, también se abrió lugar para que se fomentara el canto popular según las rubricas establecidas por la Iglesia, en este proceso de apertura después del Concilio van más de 50 años, en él se trató temas como: la dogmática de la Iglesia, la Divina Revelación, las misiones, los medios de comunicación, el ecumenismo, el apostolado de los laicos, la liturgia, entre otros. Frente al impacto que este cambio, en materia de liturgia y en especial de música litúrgica que es la correspondiente al canto propio de la misa, en la arquidiócesis de Medellín, habla el padre Juan David Muriel, doctor en liturgia, profesor en la Facultad de Teología de la UPB, actual delegado arzobispal para la liturgia y director general de coro arquidiocesano de Medellín Cantate Domino Canticum Novum.

Padre, ¿qué importancia tiene para la Iglesia y para los fieles la liturgia?

La importancia radica en el hecho de que la liturgia es la celebración del misterio de la Pascua del Señor, o sea que si fuéramos a ser objetivos y cortos, la liturgia es el único momento en el cual el fiel creyente puede conectarse con el torrente de la salvación que Dios le ofrece. Los otros ejercicios evangelizadores y devocionales de la Iglesia son aspectos importantes porque hacen parte de su misión, pero solamente cuando el fiel celebra la liturgia, sacramentos, sacramentales, la Liturgia de las Horas, puede conectarse con la salvación que Dios le ofrece a través de la Pascua del Señor, o sea que la liturgia se convertiría en los espacios que lo salvan.

¿Por qué hay cantos que a pesar de que hablan en sus letras sobre Dios no se pueden cantar dentro de la misa?

La corriente de los cantos es más antigua que el cristianismo, el pueblo judío era un pueblo que cantaba mucho, todos los salmos era para acompañarlos con diversos instrumentos, ellos tenían timbales, laudes, arpegios de cítara, tenían tambores, tenían trompetas; era un pueblo que cantaba mucho y que alababa a Dios mediante el canto. Los cristianos, inclusive que fueron primero judíos, heredaron como esa tradición y empezaron cantando a Dios dentro de las celebraciones, inclusive hay algunos textos que interpolados dentro del Nuevo Testamento son, parece ser, los primeros cantos que la asamblea empezó a hacer en la eucaristía.

Lo que pasa es que la misa tiene su estructura, entonces dentro de su estructura hay algunas partes que por tradición o por su estructura interna pueden ser cantados, eso es lo que la Iglesia llamó ordinario de la misa puede revestir a esas partes de la misa de ciertas melodías; por eso no es cantar lo que yo quiera porque hable de Dios, entonces podría cantar: “solo le pido a Dios que la guerra no me sea indiferente”. No, hay momentos en los que es un Señor ten piedad, es un Cordero de Dios, es un Aleluya y son cantos que tienen su raíz profundamente bíblica entonces cambiarlos es cambiar esa tradición de la Escritura que hemos recibido como Revelación, y en segundo lugar es alterar la estructura de la misa que inclusive pide que si la persona no es capaz de cantar sea rezado.

Con respecto al canto litúrgico en la arquidiócesis de Medellín, ¿cuándo se comenzó a notar esa crisis interpretativa?

Yo pienso que fue el momento en el que hubo crisis en toda la Iglesia, el Concilio Vaticano II, porque hasta el concilio la normativa era muy fuerte, entonces había en las parroquias lo que se llamaba un corista y ese corista simplemente se entonaba aquellos textos que estaban en el gradual que pertenecían a la estructura de la misa, las obras piadosas eran más para momentos devocionales y para momentos de adoración eucarística, para el rosario, pero cambió todo eso cuando el concilio vaticano permitió la lengua vernácula y cuando amplió un poco el repertorio de lo que podía ser las antífonas, de entrada, de ofertorio, de comunión. Hubo compositores muy interesantes que hicieron como una especie de composiciones musicales con base, muy bella, del sustrato bíblico y con melodías muy solemnes, pero la influencia un poco pentecostal, evangélica, carismática, transformó eso y nos hizo entrar en una crisis porque se optó por melodías más fáciles, tal vez que suscitaran más el sentimiento que comunicaran la verdad, que fueran más ejecutables por los nuevos instrumentos que empezaron a aparecer, baterías, panderetas y guitarras, que fueron reemplazando los antiguos órganos y armonios y espacios que suscitaran una aparente participación más fácil de la asamblea, sabiendo que participación solamente cantar o moverse es un concepto pobre. La participación es mucho más interna y espiritual, es decir es una actitud como de obediencia que en el canto podría haber la recepción de una verdad que revelada a través de la música podría ser doblemente poderosa.

¿Cómo se ha venido trabajando este proceso de formación y de reestructuración interpretativa frente a la música litúrgica en la arquidiócesis de Medellín?

Mira nos sirvió mucho, Yorley, que el arzobispo actual Monseñor Ricardo, es un monseñor músico, él fue organista en su tiempo de formación, por eso él apoya mucho el proceso y ha ideado muchos de los espacios que ahora estamos adelantando. Con Monseñor Alberto Giraldo se creó el coro diocesano que es un coro que ya cumple 5 años de funcionamiento, para acompañar las grandes celebraciones de la catedral. Y con monseñor Ricardo empezaron procesos de formación de todos los ministros, de la comunión, los ministros lectores, entonces los cantores que cumplen un papel tan importante no podían quedarse afuera, por eso lo que estamos haciendo son formaciones por vicarías, el resultado final no es el de carnetizarlos o no, ni darles permiso de cantar o no, sino formarlos, ofrecerles una capacitación litúrgica, espiritual, musical, comunitaria, eclesial, que garantice que el cantor no solamente es un profesional de la música, sino que está prestando un servicio ministerial en la asamblea, hacer espacios de tejidos de comunión con su comunidad parroquial y comenzar a ver , sin quitar la parte del lucro económico que a veces es necesaria para la subsistencia, que debería ser un lucro normal, que no se preste a posibilidades que la gente se sienta engañada por altos precisos, sino que más bien se desarrolle una cultura de lo ministerial.

Estas formaciones que se ven tan extensas y estrictas pueden parecer una imposición, ¿de qué manera están enfrentando ustedes estas percepciones y dificultades en el proceso?

Yo pienso que las personas cambian de opinión cuando entran en el curso, y afuera es muy difícil entender lo que se pide, no es posible, afuera parece una especie de carnetización, lo que tú dices, una imposición, “¿cómo van a carnetizar a la señora que canta la misa de siete todos los días?” Cuando la gente entra y descubre, yo creo que tres espacios en el curso, uno: la formación académica de alta calidad, dos: la formación espiritual, la posibilidad de compartir la fe juntos, y tres: es la fraternidad; la gente cambia de opinión porque descubre que no es el plástico de un carnet sino que es la vida la que empieza a mirarse, a recrearse, a reflexionarse y eso da el paso para que la gente entienda el proceso, pero yo creo que eso se hace solo desde adentro cuando se entiende que un espacio formativo es un espacio siempre de superación, de madurez, y de realización de la persona humana, nunca un espacio de opresión.

¿Ha tenido alguna repercusión estas formaciones frente a otras comunidades cristianas no católicas?

Yo pienso que es complicado porque nosotros no tenemos una relación cercana con otras confesiones (…) Lo que sí tratamos de hacer es que ese, por ejemplo, nivel de protestantización de nuestro canto católico cese, porque no es el hecho de rechazar ese la música que venga de la comunidad evangélica pero sí de saberla ubicar, lo que te decía ahora en la eucaristía tienen que haber canciones que le canten al misterio de la eucaristía, a la Iglesia, a la intercesión de los santos, a la sacramentalidad como estructura básica de la comunidad eclesial, y son temas que por su fe no van a tratar comunidades evangélicas, entonces experiencias de unión se pueden hacer a través de los salmos o de cantos de alabanza, yo pienso que podría tener su repercusión a nivel ecuménico.

Hoy día ¿cómo se puede definir la participación de los laicos en la Iglesia?

Hay un concepto muy importante que rescató el Vaticano II que es el concepto de fructuosa participatio, es la participación activa. Yo pienso que el laico ha pasado en la Iglesia, y creo que debe hacerlo cada vez más, de tener una actitud un poco pasiva de quien recibe toda la parte sacramental y la catequesis a quien la ofrece y colabora, entonces eso se ve en la celebración. Hoy vemos a un laicado, por ejemplo, que puede repartir la comunión, que puede leer que tiene la posibilidad de formarse en coros, que está muy atento en la celebración, la celebración en lengua vernácula o sea en español, permite mucho la interacción con la asamblea que sea un verdadero diálogo. Pienso que es el espacio pastoral de unas comunidades que están en el proceso de Misión Continental de recibir la evangelización de forma activa, de comprometerse con el trabajo social y con los enfermos, de formarse ellos mismos en pequeñas comunidades, eso se descubre en la liturgia. Yo siento a toda la gente muy interesada en el tema, como hambrienta de conocer más acerca de su fe, de todas estas verdades que por años pertenecieron casi que al clero y a los religiosos, vemos ahora que la gente compra el Pan de la palabra, estos folletos que explican la palabra y que la ofrecen como un pan diario, la gente hace procesos de lectio divina es decir vemos un laicado comprometido cada vez más con el elemento ministerial y eso se nota en la celebración.

¿Qué fortalezas y debilidades vez tú como delegado arzobispal para la liturgia frente a este proceso de formación?

Fortalezas que estén. Yo les he dicho mucho a los cantores cuando empezamos: “el hecho de que esta mañana estemos reunidos y nos encontremos y nos veamos las caras y podamos orar juntos eso ya es una gran fortaleza”. El hecho de que tengamos un arzobispo que apoye el proceso, que esté interesado en él. Que tengamos grandes pensadores y grandes músicos, grandes compositores, grandes ministros de canto al servicio del proceso, que haya gran alegría en la gente que lo recibe, que haya una comunidad musical que se mueva, que esté inquieta y se forma; que haya un coro en el seminario, en la arquidiócesis, ahora nació uno de niños. Son todas fortalezas.

Debilidades es que mucha gente todavía no entiende el proceso, debilidades es que hay una crisis muy fuerte de formación que lleva a que muchas misas sean más parecidas a un culto evangélico que a una misa católica, debilidades es lucro tal vez exagerado de personas, que está bien que vivan del trabajo musical en las parroquia, pero que no cobren sumas exorbitantes, debilidades que en clero y fieles siempre hay una necesidad de formación en estos temas, debilidades es que todavía estamos creciendo como país musical, me decía por ejemplo el obispo de Ibagué, que es la capital musical de Colombia, que había una crisis litúrgica musical muy fuerte en su ciudad. Yo pienso que caminamos ente luces y sombras como será siempre la labor de la Iglesia, dando un paso siempre con incertezas y con miedos.

¿Cómo se ha ido trabajando esta unidad con los sacerdotes para hablar todos un mismo “idioma” en pro a esta iniciativa?

El arzobispo ha hecho un trabajo de comunión desde varios espacios, la reunión de cleros (la general), el retiro, toda la parte de publicaciones, esos editoriales en el Semanario, en El informador, en el periódico Misión, son elementos que van como cohesionándonos, el mimo trabajo que podemos hacer desde la formación de seminaristas y religiosos en la Universidad Bolivariana, en la CRC, congresos de liturgia; yo pienso que son espacios que nos cohesionan, donde se pueden presentar las líneas generales del trabajo. Entonces una curia unida, una estructura unida diocesana a través de vicarías y arciprestazgos, parroquias que van teniendo representación en los equipos vicariales parroquiales, eventos multitudinarios donde pueden presentarse estas líneas de trabajo, son elementos que nos ayudan a comenzar a caminar en un espíritu muy grande de comunión a sentirnos cada vez más Iglesia diocesana. De esos espacios, la celebración es un momento privilegiado.

¿Qué pasará con las personas que ya finalizaron y que finalizaran el proceso de formación?

Pienso que en eso tenemos que crecer, el arzobispo quiere que el proceso se transforme lentamente en una escuela de música sacra permanente hacia allá tendremos que caminar, ahora no lo tenemos todavía, entonces hay una especie de vacío al terminar el proceso, lo que se hizo por ejemplo en Belén de citarlos a una gran cantoría a nivel periódico y formación. Pero falta, yo creo que es hacia lo que tenemos que caminar, la posibilidad de que como comunidad de ministros formados empecemos a interactuar. Se va a generar un proceso de hojas de vida en la arquidiócesis que nos van a unir y unas especies de “mundos web” que nos unan a través de la red social para manejar dentro de nosotros partituras, formación, interacción personal, es hacia lo que estamos caminando pero es temprano pada decir que hemos caminado mucho en ese proyecto, estamos apenas comenzando, no hemos terminado con las vicarías, llevamos tres.

Finalmente, padre, ¿qué le dirías a aquellos cantores que aún no han decidido comenzar este proceso de formación?

Hay dos caminos. El primero es entender espiritualmente la grandeza de su ministerio, la persona que canta tiene tan alta responsabilidad espiritual como quien preside o quien lee, por ejemplo, porque si está realizando un canto litúrgico, está cantando la verdad del Evangelio, entonces eso debe ser acompañado de una altísima conciencia y de una vida espiritual y discipular muy grande. Yo pienso que debemos parar ya eso de la persona que canta en misa y que no le interesa para nada su vida de fe, ¡eso es contradictorio! porque uno no dejaría leer ni celebrar a alguien que no tiene fe, entonces ¿por qué el que canta sí? Darse cuenta de esa altísima vocación a la que Dios lo llamó como trasmisor de la verdad a través del canto.

En segundo lugar, como dice el maestro Wilson Andrés, la profesionalización que no es posible sin una formación constante. Profesionalización a nivel litúrgico, a nivel espiritual, a nivel eclesial, a nivel musical ¿cómo cerrarme a todos aquellos espacios que me quieren brindar, como te decía ahora, una perfección en el proceso que Dios ha comenzado en mí? ¡Sería de tontos! Entonces desde esa realidad de descubrir mi vocación como un grandísimo don, mi cualidad musical como otro gran don, y la posibilidad de servir a otros mediante eso, y la posibilidad de que me formen y me eduquen y me colaboren y después yo colabore, pienso que no puede ser rechazado.

Entrevista al Presbítero Juan David Muriel Mejía / Por: Yorley Ruíz / Arquidiócesis de Medellín, Antioquia, Colombia
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